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04 Feb 2020
Correspondencia #1 (español)
Poramtim do Bom Socorro, 2017. Barreirinha, Amazonas. Casa de Thiago de Melo – Proyecto de Lucio Costa. Foto: Valdir Cruz
Poramtim do Bom Socorro, 2017. Barreirinha, Amazonas. Casa de Thiago de Melo – Proyecto de Lucio Costa. Foto: Valdir Cruz

A lo largo del año 2020, a través de cartas como ésta, el cuerpo de curadores de la 34ª Bienal de São Paulo hace públicas las reflexiones sobre la construcción de la muestra. Esta primera carta fue escrita por Carla Zaccagnini. Traducida al español por Ana Laura Borro.




Leí en un libro sobre la historia de la pintura de paisaje que Petrarca fue el primer hombre moderno, por haber sido pionero en escalar una montaña por el placer de la subida o para ver el mundo desde arriba y alejar el horizonte. O para saber cómo se veía el mundo sin él, separado de él, como un espacio en que ese hombre no está inserto, del cual no participa. Parece de hecho haber una cierta coincidencia entre la invención de la era moderna y ese punto de vista elevado o a la distancia, objetivo, como se prefiere llamar; porque todo lo que no es el hombre moderno pasa, entonces, a ser objeto. Desde la torre de la catedral, que se estira buscando el cielo, a la torre del castillo, donde el rey sube para decirle al primogénito: “Un día, hijo mío, todo esto será tuyo, hasta donde la vista alcanza”.

Es el hombre moderno que desarrolla la perspectiva en la pintura, construye miradores e inventa el globo de aire caliente. Belvederes, como si bello fuese ver el mundo de lejos, las cosas más chicas de lo que son cuando estamos con ellas. Como si bello fuese ver que todo se empequeñece delante de ese sujeto, y que, así diminuto, se le presenta como un muestrario. Es esa posición de sujeto que autoriza al hombre a escribir enciclopedias y a fundar museos.

Curioso que los pueblos de las selvas nunca hayan querido construir miradores (y, por lo tanto, tampoco museos). O no. La selva no se ve, desde arriba, más que como un mar de verde. El mar aquí entendido como quien lo ve desde el barco, claro; como una masa continua, casi sólida, que de cerca no es. La selva es lo opuesto a la vista panorámica, a la mirada en perspectiva. En la selva todo se ve de cerca y todo es trama. Las copas de los árboles se funden, las hojas de uno escondiendo las de otro escondiendo las de uno. Y lo que está bajo los pies repite lo que está en lo alto, las hojas que caen cubriendo otras hojas cubriendo otras hojas cubriendo otras hojas. Troncos y ramas y gajos y lianas y víboras y follajes. Por todos lados. No hay lugar de donde mirar a salvo como se ve la selva sin nosotros. No hay panorama posible, no hay belvedere. La selva no se empequeñece ni se presenta. Ni se traza el camino a seguir. El sendero se hace abriendo el bosque a machete, en la medida del alcance del cuerpo, en la fuerza del brazo, de un paso a otro paso.

Pero Vaz de Caminha escribió que la culpa fue de las olas; que el mar estaba revuelto y el sonido que no daba tregua no dejó que se entendiesen los que desembarcaban y los habitantes de la tierra. La mañana fuese calma y la historia seria otra. Oswald de Andrade escribió que el contratiempo fue la lluvia, que el clima de tempestad convenció de andar vestido a quien estaba desnudo. Fuese un día de sol y la historia sería otra. Tal vez la falla haya sido que el encuentro ocurra en la playa. El tiempo que pasó entre el grito de tierra a la vista y el desembarque en la arena. El tiempo que pasó entre las velas asomando en el horizonte y el desembarque en la arena. Tal vez el problema haya sido la altura del mástil y la misma mirada a la distancia, las conclusiones que se fueron tejiendo mientras se veía el mar desde arriba y la tierra firme adelante, y la pequeñez de los bultos recortados sobre la arena que aumentados en el catalejo parecían caber en la mano.

Si hubiese sido un encuentro en la selva seria unos respirándoles en el cogote a otros pisándoles los talones, todos delante de las narices de todos delante de las narices. Troncos y ramas y gajos y lianas y cuerpos y follajes. Todos por todos lados. Y uno sólo ve al otro poco a poco, medio encubierto, medio escondido y solamente cuando ya es muy tarde y ya está muy cerca, cuando el aire que se respira es el mismo y se siente más cálido al salir de los pulmones. Hubiese sido un encuentro en la selva y la historia sería otra.